domingo 30 de diciembre de 2007

Mientras Te Vas....

Ultimo Posteo para este año 2007...que el año que viene sea....mejor muchisimo mejor...bienvenido 2008



Aclaro algo, esto parece una boludez pero me hace llorar :)





No es ninguna ilusión, utopía es,si todo parece estar suspendido.Como si mis deseos se escondieranmientras estás...Todo te divierte, parece ser,hasta que caés... yo no lo digo.Como si el diablo mismo te quisiera,mientras te vas...No te vi, mi corazón te ve,mientras me siento vivo.Como si al no tenerte muriera,mientras te vas...Enfrentado a algo, ¿a qué?...al espejo, a mí mismo.Superviviendo a algo, ¿a qué?...las lágrimas, el sismo.Amando a alguien, ¿a quién?...a la perfección, al amigo.- ¿Amando a quién?...(mientras te vas, reís...)

domingo 23 de diciembre de 2007

(suspiro)-.......

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?... Prosa para un loco - Alejandro Andrade Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, viste. Me paro en el balcón, es una mañana espléndida, y observo melancólico el tránsito porteño. Allí se esconde un secreto, una voz que vaga perdida entre mares de voces. Y Este secreto escondido, este tesoro, es lo que hace de estas calles un lugar maravilloso. Recorres los grises adoquines, miras los semáforos, los buzones, la gente… y sabes que hay algo más allí, que no logras ver. Voy a por él entonces, camino en busca del secreto, algo triste y solitario, y nunca lo encuentro. Me visto ligero y salgo a caminar. Doblo por Arenales para el lado del centro. El sol golpea la ciudad con intensidad y parece que no hay una sola gota de sombra. Yo camino desafiante bajo todo ese calor que se me viene encima. Con paso firme, surco las baldosas con destino incierto. Tan compenetrado me encuentro en mis pensamientos y divagues, que no advierto lo que sucede a mi alrededor. Salgo del trance apenas para observar los semáforos y para echarle una mirada al siempre estrepitoso tránsito. Camino sin ninguna razón más que caminar y hasta el momento todo es perfectamente normal, mañana como cualquier mañana de verano, lo de siempre en la calle y en mí, cuando de repente de atrás de un árbol se aparece ella. Salta a mi encuentro y me mira a los ojos, deshaciendo mi caminar, y clavo mi mirada en ella, sorprendido ante la aparición. Al principio, sólo existe sorpresa. - ¡Qué extraña muchacha! - Me digo y ciertamente lo es (imposible de definirla con nuestro simple vocabulario parlado). Ella es una mezcla rara de penúltima linyera y de primera polizonte en viaje a Venus. Tiene medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. Mientras doy aquella primera mirada, comienzo a reír. Río a lágrima suelta, desvergonzadamente, y la gente me mira extrañada al pasar. Pues, verán, sólo yo la veo. A pesar del barullo de Arenales y Callao, advierto rápidamente que nadie más la ve. Que allí se encuentra mi oculto tesoro, que al fin me encuentro con mi encuentro destinado. Extrañas sorpresas ¡Cuántos secretos esconden las calles de Buenos Aires! Podés salir a caminar una mañana y a cada paso descubrir algo totalmente diferente y maravilloso, como aquella muchacha a quien los maniquíes bien podrían guiñarle un ojo, los semáforos darle tres luces celestes y los naranjos del frutero de la esquina tirarle azares. Ante tales pensamientos, sonrío todavía más, todavía mudo por la sorpresa y la visión, y entonces ella se acerca a saludarme. Se saca el melón, me regala una banderita y me dice… - ¡Piantada! Ya sé que estoy piantada. ¿No ves que va la luna rodando por Callao, que un corzo de astronautas y niños con un vals me baila alrededor? Cantá, vení, volá. Me quedo perplejo. La veo, sólo mis ojos se posan en ella, y siento locas ganas de tomar envión y levantar vuelo a su lado. Sólo yo la veo, y siento cómo desaparecen los imposibles, cómo todo se desmantela. La veo, algo pálido y todavía un poco risueño, y no atino a decir palabra alguna. Pero ella, comenzando a sonreír, me dice... - ¡Piantada! Ya sé que estoy piantada. Yo veo a Buenos Aires desde el nido de un gorrión. Y a vos te vi tan triste, vení, volá, sentí el loco berretín que tengo para vos. Y entonces mis manos pierden la timidez, se estrechan con las suyas y ella, cual vehículo a reacción a chorro impulsado por magias absurdas, toma fuerte las mías y me levanta en vuelo. Loco, los dos locos, como dos acróbatas dementes saltamos. Un solo salto, de dimensiones astronómicas, que nos arrastra y nos funde con el viento. Las golondrinas nos miran atónitas pasar y algunas, distraídas, pierden el rumbo. Nosotros, riéndonos del día, de la sensatez y del sentido común, volamos la brisa, esquivando edificios y antenas, dejándonos guiar por marejadas de aire. En eso atino a mirarla y me vuelve una loca dulzura. Ella, en cambio, observa la ciudad atentamente y escoge un edificio donde aterrizar. Al llegar a la sucia terraza nos sentamos en un rincón, algo apartados. Allí dejamos que las miradas reconocieran la ciudad. Me encuentro tranquilo y seguro, cómodo y feliz. ¡Qué libertad! ¡Y cuánta alegría contenida! Vuelvo a mirarla, esta vez a sus ojos, que son campos verdes cambiantes, y le digo... - Que hermoso regalo me has dado. Siempre supe que había algo escondido en esta ciudad, algo como tú. Desde siempre te he buscado y bien que me has hecho esperar. Pero me siento feliz de haberte buscado. El sólo encontrarte me ha transformado en otro, como si hubiera mudado de cuerpo. Ella continua en silencio, apenas si se oye a la brisa que lentamente va tomando fuerza. Tomo parte de ese aire para mí y sigo hablando… - Mas, amiga mía, ahora que estoy viviendo este momento, desearía que durase para siempre. Contigo nada puede ser triste, nada puede ser efímero. Pero sé que cuando todo esto acabe dejaré de volar, de cantar, incluso dejaré de buscarte. Volveré a mi casa oscura, a mi noche y estaré una vez más triste y solo. La brisa ya no es tal, un fuerte viento asola la ciudad. Los carteles vuelan, los semáforos bailan y las nubes, a lo lejos, corren carreras para cubrir el cielo completamente. Vuelve el silencio entre nosotros, muralla que separa a los hombres, y entonces pienso que así termina mi breve aventura, en remolinos de viento silencioso y arrazantes vendavales de amistad. Despertaría en mi casa en cualquier momento y saldría al balcón a contemplar la ciudad, convencido de que todo ha sido sólo un sueño. Pero no, todavía queda algo más. Mi amiga siempre tiene una réplica preparada. Se acerca, acaricia mi frente, y me dice… - Cuando anochezca en tu porteña soledad, por la rivera de tus sábanas vendré, con un poema y un trombón a desvelarte el corazón. Así cantaremos y volaremos juntos nuevamente, hasta sentir que enloquecí tu corazón de libertad. Ya vas a ver… Río como un loco condenado, no me esperaba aquella respuesta. Mi corazón desborda de alegría. Siento que ella dice verdad a cada palabra. - Salgamos a volar una vez más, querida mía – le digo. Ella se pone de pie y por última vez, tomándome de la mano, vuelve a levantarme en vuelo. Volamos los rascacielos, las ciudades, los campos, los mares… atrás quedan la soledad, la tristeza, la oscuridad. Me siento como un pájaro perdido que vuelve desde el más allá, para encontrarse con un lugar ajeno pero íntimo, tan íntimo que nomás al llegar puede llamarlo hogar. - Ahora escucha – me dice, rompiendo mis interminables pensamientos – cuando todo sea gris subite a mi ilusión súper sport, que vamos a volar por las cornisas con una golondrina por motor. Del Vietes nos aplaudirán: “¡Viva, viva! Los locos que inventaron el amor”. - Sí – le digo yo – y un ángel y un saldado y una niña nos traerán un valscecito bailador. Nos saludarán la gente linda y será todo loco, pero tuyo, qué sé yo. Y entonces, por primera vez, ella ríe totalmente, sorprendida por mis palabras, y alegre, también alegre como nunca, y provoca campanarios con la risa, sin poder parar. Así comenzamos a descender, llorando de la risa. Miro hacia abajo y distingo mi edificio, mi piso, mi balcón, que se acerca a toda velocidad. Y cuando tocamos suelo, al fin ella logra calmarse, y se despide a media voz. - Pon atención, quiero decirte una cosa más… – me dice. ¿Seriedad a la hora de la despedida? No, veo que la alegría está todavía allí, en sus ojos. - Dime. Acerca sus labios a mi oído y apenas escucho un susurro. - Quereme así, piantada (¡Piantada!), quereme así. Abrite a los amores que vamos a inventar. Ponete esta peluca de alondras y volá, volá conmigo. Vení, volá, vení. Se va. Se aleja volando y desaparece detrás de un enorme edificio de Agüero y Santa Fe. Me quedo parado en mi balcón, pensando en aquellas palabras, en los recuerdos (mágica locura total de revivir) y miro a las calles, al semáforo, la gente, el tránsito… y aunque no me siento precisamente alegre, no puedo dejar de mirar y sonreir. Pues, verán, las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo, viste…
Relato basado en el tango "Balada para un loco", de Piazzolla y Ferrer.

sábado 15 de diciembre de 2007

Son esas Cosas..Pequeñas pero importantes...


Bueno despues de mucho tiempoa ca estoy publicando algo que encontre por ahi y que me gusto mucho:

Una palabra no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
igual que el viento que esconde el agua
como las flores que esconde el lodo.

Una mirada no dice nada
y al mismo tiempo lo dice todo
como la lluvia sobre tu cara
o el viejo mapa de algún tesoro.

Una verdad no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
como una hoguera que no se apaga
como una piedra que nace polvo.

Si un día me faltas no seré nada
y al mismo tiempo lo seré todo
porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla donde me ahogo,
porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla donde me ahogo.